El Baldón: Sin rumbo también es rumbo
Por: José Miguel Cobián
Estado fallido, gobierno inepto,
cleptocracia, ineptocracia, inepto-clepto-cracia, ¨ni son honrados ni saben cómo
hacerlo¨, son algunos de los epítetos más comunes que se escuchan el día de hoy
sobre la administración del país. (Y eso
que el autor evitó los calificativos más fuertes y sonoros).
Todo parece indicar que México
no tiene rumbo. La última vez que se estableció un rumbo, fue durante el
salinato, con la preeminencia de la tendencia neoliberal en todos los asuntos
públicos. Hoy, ese modelo está demostrando fases avanzadas de agotamiento y no
se observa un nuevo rumbo, un nuevo
proyecto de nación, un cambio para bien de los mexicanos. De ahí el título de esta colaboración, pues
pareciera que no llevamos rumbo, sin embargo, el no llevar rumbo, nos lleva a
un rumbo específico.
En principio, el no tener un
gobierno que funcione y me refiero al federal, -para que no haya duda-, (pues
es quien define el destino del país), implica mayor anarquía y caos, y dadas
las circunstancias del país, mayor inseguridad. Esto a su vez, convence a más y más mexicanos
de que la democracia no es lo nuestro, no funciona cambiar al PRI por el PAN
pues parece competencia para ver cuál es peor cuando ocupa la presidencia de la
república. Por cierto, si sumamos la
actitud de gorilas y cavernícolas que ha asumido una parte del PRD, esto
explica la elevada ventaja del puntero del PRI en las encuestas nacionales.
Si se llega a la conclusión de
que la democracia no funciona, los culpables son en general la clase política,
los gobernantes en general, los altos funcionarios y de allí para abajo, el
resto de la burocracia, que sólo vive pensando en sus beneficios, sin entender
que el país se les escurre de control como agua entre los dedos. Y si la democracia no funciona, no brinda
desarrollo económico ni seguridad, y mucho menos justicia y paz, la conclusión
obligada es que se necesita un caudillo.
Los caudillos generalmente se
originan de la derecha o de las fuerzas armadas, y la simpatía que genera esta
idea, promueve y estimula la posibilidad de establecer una dictadura en México.
Dictadura que por fuerza tendría que ser de derecha, ya que los Estados Unidos
no aceptarían una dictadura de izquierda en su patio trasero.
Nuestros hermanos de centro y sud america saben lo que significa
tener dictadores, y lo difícil que resulta deshacerse de ellos. Conocen en
carne propia el sufrimiento, el dolor, las pérdidas materiales y humanas que
significa tener a alguien con poder absoluto. Los intelectuales, pensadores, filósofos y
analistas saben que tener una dictadura es un paso más hacia el abismo que
daría nuestro país.
También hay simpatizantes. La Iglesia y los grupos ultraconservadores
podrían imponer sus ideas a sangre y fuego. Las potencias extranjeras saben que
podrían explotar nuestros recursos naturales sin ningún recato, e incluso
llegar a poner bases militares, para mayor protección de sus intereses
económicos. Tendrían mano de obra
barata, explotada y sin posibilidad de expresar su rechazo a políticas
laborales esclavistas. También la clase
política podría perpetuarse en el poder, sin necesidad de las engorrosas
simulaciones que hoy llamamos elecciones, y sin el gasto que representa
convencer o comprar a los votantes.
Habría que preguntarse si el
incremento en la violencia, en la inseguridad, en la injusticia, en la
desigualdad social, no son sino un proyecto con rumbo para simular que la
democracia no tiene rumbo y llevarnos hacia una dictadura. O quizá convencernos de que la única salida es
vender Pemex al extranjero, y de allí vender hasta a la mamá del próximo
presidente, para que los mexicanos nos quedemos con nada. ¿Será ese el rumbo que aparenta no ser?
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